
Garrett Hardin en 1968
El otro día estaba releyendo un viejo ensayo publicado por Garret Hardin (1915 – 2003), PhD de Stanford y profesor de biología de la Universidad de California, considerado uno de los más influyentes teóricos en su tiempo del control de la población mundial, que tituló “The Tragedy of the Commons” (La Tragedia de lo Público) reproducido en el número de diciembre de 1968 de la prestigiosa revista científica Science (lo podés bajar aquí)
Por aquellos años la gestión colectiva de los recursos se había convertido en uno de los temas clave de los economistas ambientales y los especialistas en recursos naturales. En su artículo Hardin sostenía que cuando los recursos son limitados, las decisiones racionales de cada individuo “dan lugar a un dilema irracional para el grupo”, planteando que cada usuario de un bien colectivo tiende a maximizar el uso individualizado de ese recurso en un corto plazo, lo que conduce invariablemente a su sobre-explotación.
Hardin fue un personaje muy controvertido porque en su afán de alertar sobre el problema de la superpoblación mundial no escatimó en golpes bajos como justificar el aborto, la no ayuda a pueblos desnutridos como el de Somalía o incluso a la barbaridad de vindicar los genocidios, como el modo “natural” en que el planeta mantiene el balance de individuos. Hay que situarse en el contexto de la época: guerra de Vietnam y movimiento anti-bélico en EE.UU., mayo revolucionario en Francia, asesinato de Robert Kennedy, la Unión Soviética invadiendo Checoeslovaquia, miles de estudiantes muertos en la represión de Tlatelolco en México y Nixon ganándole la elección a Humphrey el 5 de noviembre. Había mucho para reflexionar más allá del tema de la superpoblación mundial.

¿Por qué las ballenas corren el riesgo de extinguirse mientras las ovejas se multiplican?
Como sea, y sin querer defender la personalidad de Hardin, su artículo me recordó un diálogo de pasillo durante un viaje con periodistas que yo había organizado unos años más tarde, a finales de la década del 70. Por entonces era lo que hoy llamamos el dircom de la filial argentina de la corporación alemana Siemens y todos los años invitaba y acompañaba a una media docena de periodistas argentinos a los que hacíamos conocer la diversidad de la compañía y sus más de 120.000 productos y plantas de producción. Desde chips hasta centrales nucleares pasando por trenes de alta velocidad, centrales gigantescas de comunicación y energía, o resonadores magnéticos de uso medicinal el programa era bastante variado. Para bajar costos, yo había llegado a un acuerdo de caballeros con el agregado de prensa de la embajada alemana en Buenos Aires. Compartíamos los gastos y el programa. Ellos ofrecían entrevistas con políticos en Bonn donde por entonces residía el gobierno alemán y yo me comprometía a incluir periodistas del ámbito político y no solo del económico en el tour por la empresa.
Así estaban las cosas cuando nos encontrábamos en la antesala del despacho de un ministro en Bonn, acompañados de varios funcionarios del gobierno. Entre ellos un joven liberal que se trenzó en una amable discusión ideológica con uno de mis huéspedes. “¿Sabe usted porque están desapareciendo las ballenas y no lo hacen las ovejas?” preguntó sin esperar una respuesta. “Porque las ballenas son de todos, son un bien de la humanidad. Y lo que es de todos, no es de nadie en particular y por eso nadie las cuida. Las ovejas son del granjero que se esmera en que les vaya bien y se multipliquen para que él pueda obtener más lana y ganar más dinero”.
Convengamos que los movimientos sociales, especialmente los ambientalistas como Greenpeace y su fuerza persuasiva aún no existían como los conocemos hoy y la verdad es que de las ballenas y del medioambiente en general eran pocos los que se preocupaban por entonces. Pero el punto del joven político liberal alemán, cuyo nombre ni recuerdo, no era el de si había que privatizar o no el cuidado de las ballenas, sino poner de relieve el dilema de lo que Hardin denominó “la tragedia de lo público”.
Aquí la explicación que da Hardin en su artículo:
“La tragedia de lo público se desarrolla de la siguiente manera. Imagine un pastizal abierto a todos. Es de esperar que cada ganadero trate de mantener el ganado tanto como sea posible en la propiedad pública. Este arreglo puede funcionar razonablemente en forma satisfactoria durante siglos ya que las guerras tribales, la caza furtiva y las enfermedades mantienen tanto el número de hombres como el de animales muy por debajo de la capacidad de regeneración de la tierra. Sin embargo, finalmente, en algún momento llega la hora de la verdad, es decir, el día en que la meta anhelada de estabilidad social se convierte en una realidad. En este punto, la lógica inherente de los bienes comunes (públicos) inexorablemente genera la tragedia. Como ser racional, cada pastor busca maximizar su ganancia. Explícita o implícitamente, más o menos conscientemente, se pregunta: “¿Cuál es para mi la utilidad de añadir un animal más a mi rebaño?” Esa utilidad tiene un componente positivo y uno negativo:
- El componente positivo es una función del incremento de un animal. Puesto que el pastor recibe todos los beneficios de la venta del animal adicional, su utilidad positiva es cercana a +1.
- Por otro lado el componente negativo es una función del sobrepastoreo adicional creado por todos los granjeros, por lo tanto la utilidad negativa de cualquier de ellos con capacidad para tomar decisiones, será de sólo una fracción de -1.

El bien público, un bien de nadie.
Si se suman las utilidades parciales de los componentes, el vaquero racional concluirá rápidamente en que el único camino sensato para él es el de añadir otro animal a su rebaño. Y otro, y otro… Pero esta es la conclusión a la que también llega cada uno de los restantes ganaderos que comparten el patrimonio común. Y ahí está la tragedia. Cada uno de ellos se encuentra encerrado en un sistema que lo impulsa a incrementar su rebaño sin límite, en un mundo limitado.
El destino hacia el cual todos se apresuran es la ruina, porque cada uno persigue solo su propio interés particular en una sociedad que cree en la libre disposición de los bienes públicos. Y esa libre disposición es la que acarrea la ruina a todos. Algunos dirán que esto es una perogrullada. ¡Ojalá lo fuera! En cierto sentido ya lo supimos hace miles de años, pero la selección natural favorece las fuerzas de la negación psicológica. Como individuo, los beneficios particulares fuerzan la capacidad de los involucrados a negar la realidad a pesar de que la sociedad en su conjunto, de la cual ellos forman parte, sufra.”
Bueno…, ¿y que tiene que ver ese dilema con la reputación?
Te cuento. En la edición de noviembre de 2009 de la prestigiosa revista New Scientist,

David Rand y Martin Nowak: La “tragedia de lo público” a la luz de la Teoría de los Juegos
David Rand, PhD en Biología de los Sistemas y Martin Nowak, director del programa sobre Dinámica Evolutiva, ambos docentes de la universidad de Harvard, tomaron el dilema de “la tragedia de lo público” para analizar cómo podía evitarse que las personas desaprensivas arruinen nuestro planeta. Para resolverlo propusieron acudir a la Teoría de los Juegos, específicamente al llamado “de los Bienes Públicos”. Funciona así: A cada jugador se le asigna una suma de dinero, digamos $ 100. A continuación, cada participante elije la cantidad que va a donar en forma anónima a un fondo común. En cada ronda del juego el resultado de la suma de las contribuciones realizadas por el grupo se multiplica por un factor dado (menor que el número de jugadores) y su resultado se reparte por igual entre todos ellos. Si todo el mundo contribuye, el retorno a cada miembro será mayor. Sin embargo, lo perverso del juego es que recompensa la codicia por sobre la cooperación y el altruismo porque si, por ejemplo, un jugador no dona nada pero los otros sí lo hacen, entonces el egoísta recibirá su parte del fondo común mientras que al mismo tiempo conservará lo que no aportó.
Supongamos a cuatro personas jugando y que las contribuciones se duplican al final de cada ronda. Si cada uno aporta $ 10 en la primer ronda, todos terminarán con $ 20. Sin embargo, si un jugador se niega a contribuir, mientras que los otros ponen la totalidad de su aporte, el negador terminará con $ 25 en el bolsillo (los $ 15 por el reparto más los $10 que él no había aportado) mientras que el resto recibirá solo $ 15 cada uno. Por otro lado, si un solo jugador aporta sus $ 10, y los demás no lo hacen, el primero terminará con sólo $ 5, mientras el resto lo hará con $ 15 cada uno. De esta manera se recompensa más el obrar según el auto-interés porque la lógica indica que uno nunca debe contribuir al bien común en detrimento del particular. Ese fue exactamente el pensamiento de grandes gurúes como el liberal, premio Nobel de economía y padre de la Escuela Monetarista de Chicago, Milton Friedman (1912 -2006), quien lo sostuvo en en su artículo The Social Responsibility of Business Is to Increase Its Profit, que podés bajar aquí. Cito a Friedman:
“La doctrina de la “responsabilidad social” tomada en serio (…) no difiere de la filosofía explícita colectivista. Se diferencia sólo en la creencia de que los fines colectivistas se puede lograr sin medios colectivistas. Por eso, en mi libro Capitalismo y Libertad, la he denominado “una doctrina fundamentalmente subversiva” en una sociedad libre, y he sostenido que en una sociedad así, hay una y sólo una responsabilidad social que tienen las empresas y esa es la de utilizar los recursos y participar en actividades diseñadas para incrementar sus ganancias”. (The New York Times Magazine el 13 de septiembre de 1970).
Otro que está en esa misma línea es Noam Chomsky (nacido en 1928), profesor emérito del Departamento do Lengüística y Filosofía del MIT y conocido activista social, sostiene en “Globalization and its Discontents – Noam Chomsky debates with Washington Post readers“:
“Una corporación es una forma de tiranía privada. Sus directores tienen la responsabilidad de aumentar los beneficios y la cuota de mercado, no hacer buenas obras. Si fallan en cumplir con esa responsabilidad son despedidos. Ellos tienen un cierto margen para propósitos de relaciones públicas, y todo cuanto se dice sobre la responsabilidad empresarial cae dentro de ese territorio.” (The Washington Post, mayo 16 de 2000)

Noam Chomsky y Milton Friedman: ¿quien diría que justo los liberales más encumbrados se oponen a la RSE?
Volviendo al juego de los bienes públicos, la experiencia indica que cuando el juego se realiza en el laboratorio, la mayoría de la gente suele empezar aportando una gran cantidad, tratando de maximizar las ganancias del grupo. Pero siempre hay algunos jugadores que deciden quedarse con una tajada de esas ganancias no contribuyendo. Con el tiempo este comportamiento parásito socava la voluntad de los demás en hacer sus aportes, con el resultado de que la contribución promedio baja. Esto se traduce en ganancias significativamente más bajas durante todo el juego, recreando “la tragedia de lo público” en la cual el bien privado excluye el bien público y viceversa. Volviendo a mi anécdota: al final de la tragedia las ballenas desaparecen como lo han hecho tantas otras miles de especies hasta ahora. Todo gracias a nuestro egoísmo.
Pero hay esperanza de que eso no ocurra porque lo interesante de este juego, que también permite explorar aquellas intervenciones que sí fomentan la cooperación, es que demuestra que hay un camino para evitarlo. Y ahí es donde entra en juego la reputación.
Los experimentos suministran la evidencia de que al hacer público el aporte de cada jugador, las contribuciones promedio se mantienen altas. Al parecer el beneficio de ganar un buen nombre es mayor que el costo de aportar al bien común. Incluso los más egoístas pueden ser motivados a obrar en favor del bien de la comunidad porque al darse a conocer su contribución vale la pena para ellos hacerla con el fin de proteger su estatus social de persona honorable y generosa. En otras palabras, una buena reputación vale más que un negocio o ventaja circunstancial y de dudosa ética.
En el mundo real -sostienen Rand y Nowak- estos experimentos sugieren un camino para ayudar a las personas a reducir el impacto que ellas generan en el medio ambiente. Si la información sobre cada una de las huellas ambientales de los individuos se hiciera pública, la preocupación por mantener una buena reputación podría afectar positivamente su comportamiento. “¿Te gustaría que tus vecinos, amigos o colegas –sostienen- pensaran en ti como un oportunista, que daña el medio ambiente mientras se beneficia del comportamiento responsable de los demás? Seguramente no”. Así de simple.
Este poder de la reputación ya está siendo considerado por las empresas que editan anualmente sus reportes de sustentabilidad auditados por agencias reconocidas. También es aprovechado por el marketing para beneficio indirecto de la protección ambiental. La publicidad de los automóviles híbridos como el Prius de Toyota (y el de otras marcas) pone énfasis en el compromiso de sus usuarios con el medioambiente. Ya lo dijo Plutarco en sus “Vidas Paralelas”, “No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo”. Los creativos publicitarios lo saben y apelan al valor de la buena imagen que resulta de tener un Prius (para ver el comercial haz click sobre la siguiente imagen)